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DICTADURA DEL RELATIVISMO
Jesús Ginés Ortega (*)
Universidad Santo Tomás
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La primera advertencia del Papa Benedicto XVI
Los maestros de la paradoja suelen ser los mejores pedagogos. La gente los entiende con más facilidad, incluso en aquellos temas de mayor complejidad. Al tiempo que suscitan una sonrisa en los lectores o en su auditorio. La paradoja demuestra inteligencia y al mismo tiempo finura: Inteligencia, porque demuestra un conocimiento sintético; agudeza, porque lleva hasta un punto de desconcierto en el receptor, que hace saltar, por contraste, las verdades escondidas.
Cuando el Cardenal Ratzinger, antes de ser elegido Papa Benedicto XVI les dijo a los Cardenales y al mundo que había que enfrentarse a la “dictadura del relativismo”, todos entendieron muy bien a lo que el futuro Papa se refería (1)Que el mal de mayor peligro en nuestro tiempo anidaba en la mente y el corazón de aquellos que pretenden imponer a los demás un modo de pensar y sentir donde no hay cabida para Dios, la trascendencia, la verdad, el bien y la belleza. El Papa podría haber ampliado el concepto si hubiera hablado de la post-modernidad o del New Age que no es otra cosa que la “mentalidad inerte y desencantada” (1)del hombre medio actual que plantea una ausencia completa de horizontes, unida a una pacífica conformidad con esa ausencia” (2). Es decir, una ruta que lleva al relativismo total en materias de pensamiento y acción.
Después de esa genial expresión mitad poética y mitad filosófica, el Papa dejó en el inicio de su pontificado un axioma, cuya certeza constituye uno de los principales presupuestos filosóficos de su predicación, la que se irá repitiendo en sucesivas catequesis y muy particularmente en la dirigida al millón de jóvenes recientemente congregados en Colonia, con motivo del XX Encuentro mundial de la juventud católica. Para un mundo que ha puesto a Dios en la reserva, en el que algunas encuestas sitúan a Cristo después de algunos líderes políticos (6). Para un mundo que en sustitución del Dios que ha pretendido a orillar, está buscando elementos idolátricos, confundiendo la religión con el consumo multitudinario de símbolos religiosos, como nuevos amuletos de la nueva era. (7).
Así como el Papa Juan Pablo nos dejó el pregón de la defensa de la vida como leit motiv de su predicación, Benedicto XVI ya ha colocado el suyo en el inicio de su universal pastoreo. Ante la cultura de la muerte, dijo Juan Pablo, el evangelio de la Vida. Ante la cultura del relativismo, el evangelio de la Verdad y de la Vida (que es lo mismo, vale decir, Jesucristo). O dicho de otra manera, ante la debilidad de entendimiento, fortaleza de la verdad y de la voluntad.
Reacciones esperables
Frente a la frase aguda e inteligente, los sabios y sensatos sonrieron aplaudiendo, mientras algunos pocos pero influyentes, aunque torpes y faltos de ideas, reaccionaron con escándalo. En Europa un periodista veloz replicó diciendo que el Papa estaba equivocado, porque, según él, el Papa había arremetido contra la ciencia y la ciencia a su menguado entender se rige por el principio de la relatividad, por lo que –según el periodista- el Papa había arremetido contra ella. Una periodista americana del New York Times no podía ser menos y consideró al Papa como un retrógrado del orden jurásico que no entendía el sentido del liberalismo que aconseja siempre con este irrevocable principio: Deja que cada cual lo haga como quiera.
Curiosamente ambos periodistas pisaron el mismo palito, propio de escribas acelerados que, ni siquiera entendieron la sutileza de la afirmación del Pontífice. Porque ni la ciencia es relativa en su método y tarea, ni la democracia consiste en que cada cual haga lo que quiera, sin tener en cuenta la responsabilidad personal por los propios entuertos. Ninguno de los dos parecieran tener idea de la figura literaria (el oxímeron) que fue la utilizada hábilmente por uno de los hombres más inteligentes y agudos con que cuente hoy la Iglesia. (Oximeron significa agudo y estúpido, elementos contradictorios que al juntarse provocan una reacción intelectual que permite vislumbrar la nueva verdad que se propone: Muy usado por los mejores escritores y por los oradores de fuste, como en las expresiones “la soledad sonora”, “la luz que ciega”, “las alas del genio”, etc.
La época de lo desechable
El Papa se refería, sin duda, a una conducta constante que se ha hecho dogma en la vida común de los líderes políticos de la vieja Europa que, a fuerza de declararse laicos, independientes, no comprometidos, neutros en materia de fe y costumbres se han vuelto esclavos de sus propias ideologías. Si remedáramos al Papa tendríamos que llamarlos “esclavos de la libertad” (naturalmente que este también es un oxímeron, por si alguno aun no entiende lo que es la paradoja). El mundo occidental, en sus representantes oficiales, se entiende, que no en todos sus hombres sabios y selectos, al acusar al Papa de fundamentalista, no está haciendo otra cosa que revelarse a sí mismos como dictadores de la peor especie, la de aquellos que dictaminan sobre la conducta de los demás, sin advertir la propia. Es la peor de las dictaduras, la del ignorante que es incapaz de percibir en el otro un atisbo siquiera de bondad, verdad o belleza.
En una cultura de lo desechable que responde a una especie de filosofía menor, el relativismo es el primero y tal vez el único de los dogmas. Todo debe ser considerado como relativo. Por lo tanto quien se atreva a contradecir este principio, anatema sit. En otros términos también han calificado a este fenómeno universal del relativismo como la economía del consumo. Y, como lo que se consume, se acaba, la cultura consumista no tiene otra perspectiva que el acabamiento. Es lo que los pensadores sensatos han calificado como el fin de los horizontes,la ausencia de sentido de la existencia humana. Es esa y no otra a la que se refiere precisamente el Papa, cuando lo que pretenden sus sostenedores, es que es la única posible y de la que nadie puede sustraerse. Cuando el Papa dice un no rotundo al relativismo, los relativistas militantes reaccionan con la fuerza propia de los apasionados: El Papa es un hombre anticientífico y antidemocrático. Dos acusaciones que nadie quisiera hoy recibir por motivo alguno. Como dijera con mucha gracia el Profesor Rafael Alvira a un auditorio de líderes académicos y empresarios chilenos en una memorable y reciente conferencia: Hasta la revolución francesa, las personas eran reconocidas en su dignidad como hijos de Dios; después de la revolución francesa se convirtieron en honorables ciudadanos; en nuestro tiempo se ha rebajado el título al de simples consumidores.
Como ven vamos avanzando. Es lo que dicen los autodenominados progresistas, que coinciden curiosamente con los relativistas. Otra extraordinaria paradoja. Los que conducen a la humanidad al primitivismo, a la barbarie, a la disolución del pensamiento, a la destrucción de la familia y a la ignorancia de Dios, se llaman a sí mismos progresistas. Lo malo es que de tanto repetirlo, hasta algunos sensatos repiten el adjetivo con innegable estupidez. ¿Por qué no hacemos un viraje y los empezamos a llamar por su nombre: Regresistas? Nos están volviendo al paganismo, a la idolatría, a la ley de la selva, a la negación de todo lo que tenga sustancia.
Por ahí pareciera discurrir el tema de la ideología del relativismo al que alude el Papa. Muchos hombres modernos y muy especialmente los líderes políticos de la nueva Europa están empeñados en que Dios no tiene nada que ver con los fundamentos de la constitución, los que manifiestan su fe no pueden ser objeto de cargos y cargas ciudadanas y finalmente, nada se puede proponer como fundamento de la convivencia, salvo el mercado de lo desechable y el Estado absoluto. Mucho mercado y mucho estado. A Dios se ha determinado dejarlo fuera y a quienes lo defiendan hay que declararlos en interdicción cívica. Aquí manda la democracia, entendida como el puñado mayor de votos de gente que los aplaude y que comen y sueñan con lo que tales líderes les proporcionan graciosamente o lo que les proponen creer según la última moda. De ahora en adelante nada es verdad ni es mentira, todo será del color del cristal con que se mira. Nada puede ser estable. Lo único estable es la inestabilidad. Nada de compromisos. El único compromiso es con la real gana de las personas, custodiada, eso sí por los que mandan, según ellos, a nombre de todos. Y si ellos mandan que no hay que creer en Dios, que no hay que estudiar religión en las escuelas, que no hay que creer en la familia estable y unida y que los homosexuales cuando se junten jurídicamente quedan declarados marido y mujer, pues, a obedecer, que para eso estamos en democracia. ¡Viva la dictadura de la democracia! (Otro oxímeron)
Siguiendo esta impresionante lógica, se llega a la conclusión que hay que vivir en la indefinición de todo, pero obedeciendo al Estado soberano. Todo es desechable, los objetos, los compromisos y hasta los pensamientos filosóficos o teológicos. Hay que proceder a la liberación de los instintos, con estricta obligación de no oponerse a tan encomiable conquista, dejando de lado el pasado crédulo en autoridades y jerarquías como la del padre, el sacerdote o el maestro.
Del individualismo al colectivismo
Es complejo el relativismo. Hay que seguir buscando vetas, que son muchas, aunque al final llegan al mismo cauce. Este se ha forjado en un proceso un tanto contradictoria que por una parte eleva el individualismo y por otro exalta el colectivismo, ambos engendros bastardos del mentado laicismo. Efectivamente el hombre al dejar de lado a Dios tomó dos caminos igualmente absurdos; la deificación del individuo y la deificación del colectivo. Se habla de una Era Nueva (New Age), que cuenta incluso con un libro sagrado salido de la fértil pluma de Marilyn Ferguson que lleva el título deLa Conspiración de Acuario.
Esta nueva era (New age), que así se llama a un amplio movimiento cultural que trata de ser la ideología del relativismo, es una especie difícil de catalogar en que el hombre juega entre un individualismo que sustituye a Dios y un colectivismo que sustituye a la razón. La orden terminante de los nuevos sacerdotes y profetas de esta cultura es que las nociones tradicionales de Dios y hombre, sociedad y mundo deben responder a una amalgama de criterios transitorios, mezclados con todo tipo de corrientes pseudoreligiosas y pseudocientíficas del presente y del pasado. Siguiendo la línea iniciada por la Revolución francesa y por la Ilustración del siglo XVIII profesan que no hay más dios que el hombre y que este debe desencadenarse de todo pensamiento que le vincule a lo trascendente, buscando en su inmanencia el sentido total de su propia existencia. Es una filosofía o mejor una antropología total, absoluta, es el absolutismo del hombre frente al relativismo de todo lo demás. Por un lado ha respondido al mito de Prometeo, el hombre que roba el fuego a los dioses y por otro se asimila al de Sísifo que no consigue nunca llegar a la meta, iniciando cada día un nuevo y absurdo camino hacia lo imposible.
No hay más Dios que el hombre libre de todas las cadenas crueles que lo ataban al Creador, a la familia, a la Iglesia, a los maestros y a los sabios y santos. En nombre de la res publica, se condena a muerte a todos los padres (Dios, el padre humano y el maestro). En sustitución se coloca al Estado, porque sería imposible que el hombre y la sociedad quedaran al margen de algún director general del tránsito.
Dos movimientos ideológicos de carácter absoluto, por tanto dictaduras efectivas, se han encargado de mover a los hombres de nuestro tiempo. Ambas basadas en la expulsión o ignorancia de la fe y la moral. Por un lado la exaltación del individuo hasta la exasperación. Cada uno es libre de decir y hacer lo que quiera, sin que nada ni nadie puedan indicarle camino alguno de salvación. Es el prohibido prohibir de los hippies de los años sesenta, capitaneados por la filosofía del nihilismo y de la nausea (Jean Paul Sartre y Simonne de Bouvoir). Por el otro el colectivismo que fuera iniciado por Marx y Engels y que tuvo su momento culminante en las revoluciones rusa, cubana y china, de las que aun quedan algunos despojos. Pero, en el entendido, que el colectivismo ha quedado como una visión filosófica que sustituye a cualquier intento de racionalidad. Lo que pida la mayoría eso es la verdad y el bien. Es el mandato que todos deben obedecer Lo que pidan o piensen las minorías no tiene cabida en este proceso del relativismo.
Pensamiento, voluntad y sociedad débiles
Otra gran manifestación del estado del relativismo que analizamos hay que encontrarlo en los sistemas de pensamiento o filosofías actuales, así como en las manifestaciones de masas que llevan a una indefinición en conductas cada vez más aberrantes o disparatadas en términos amplios.
Para nadie es un misterio que las filosofías del siglo XX representadas por variados existencialismo no han dejado señales de altas cumbres ni en metafísica ni en ética o moral. Por el contrario, quedarán en la historia de la filosofía como planteamientos parciales, deficientes e incluso aberrantes. Estas corrientes y los maestros que las representaron pasarán sin pena ni gloria a los archivos de la memoria de la humanidad. Otras filosofías del lenguaje o éticas de situación, de los mínimos o de los valores, tampoco alcanzarán una consistencia notable a la hora del balance intelectual de la humanidad. Es lo que ha sido nombrado como pensamiento débil o también como pensamiento sin sustrato metafísico. ¿Qué podría esperarse de un tal tipo de pensamiento para fundar una noción creíble sobre la persona, sobre el mundo o sobre Dios?
A falta de una filosofía sólida hemos visto abrirse camino a corrientes derivadas de la sociología y la psicología, como débiles sustitutos de un pensar capaz de responder a los siempre inquietantes interrogantes del hombre sobre la vida y la muerte, sobre la historia y el destino. Tal vez ha sido sintomático que a escasez de planteamientos sólidos, hayan proliferado recetas casi mágicas que no son otra cosa que híbridos provenientes de mitologías del pasado o de elucubraciones más cercanas a la magia que a la verdadera sabiduría (8). Bajo el manto de un orientalismo generalizado, los occidentales, vacíos de consistencias espirituales judeocristianas, se han abierto a una catarata de recetas sentimentales o simplemente voluntariosas. Basta recorrer las librerías de los aeropuertos y de las grandes ciudades de occidente para ver la reiteración de sueños repletos de orientalismo mágico o de reconstrucciones fantasmales de épocas sugerentes en claves misteriosas donde se mezcla un poco de historia, con un mucho de imaginación y ensueño. El “Código da Vinci” y los ensueños de Coelho, las remembrazas de cruzados y templarios, así como las sagas de celtas y antiguos guerreros son solamente algunos exponentes de esta nueva tendencia a volver a un pasado de instintos primitivos y dislates seculares. Mientras las ventas los mantengan en vitrina o mientras no nazca un nuevo Quijote de los nuevos tiempos que venga a hacer caer a esta nueva caballería andante, el mundo andará a tumbos entre el ensueño y la estupidez.
Si a esto le añadimos el condimento continuo de irracionalidad que entregan los canales abiertos y cerrados de televisión, los megaconciertos y megaeventos patrocinados por los muchos vendedores de sueños con altos decibeles y símbolos diabólicos, tendremos un cuadro que deja bien al descubierto lo que es el sin sentido de los alaridos de las masas. Y todo esto, patrocinado, sostenido y promovido tanto por empresas internacionales, que solo promueven el consumo de cualquier cosa, como por gobiernos y organismos de representación mundial.
Un pensamiento débil, generalizado y al mismo tiempo una exaltación sin límites de la violencia y la droga, una predicación incesante de la libertad sin cortapisas, al mismo tiempo que un control creciente de los estados, los nuevos dioses, constituyen un cuerpo de doctrina que está envenenando, o dicho con palabras de la jerga materialista, enajenando las voluntades ya muy fuertemente debilitadas de nuestros contemporáneos.
El empacho de la ciencia y la tecnología
Un ingrediente sutil, pero no por ello menos importante para explicar el relativismo ambiente, hay que buscarlo en las corrientes de científicos y técnicos que se han constituido en nuevos dioses o héroes de la nueva humanidad. Preferentemente, es en el campo de la biología, donde grupos de hombres de ciencia, con mucho dinero y pocos escrúpulos, se abocan a penetrar en el misterio de la vida humana, manipulando a su antojo en la búsqueda de nuevos dominios en que la persona y su espiritualidad no tienen cabida. Son los nuevos Faustus o Frankestein de la Nueva Era que apuestan a construir y destruir vidas y muertes bajo el imperio de la autonomía total de la investigación y de la aplicación tecnológica como consecuencia natural de lo investigado.
Al derribar el muro de una conciencia moral objetiva, el horizonte de lo posible se convierte en carrera sin frenos por el logro de lo monstruoso sin ningún tipo de sanción por parte de una sociedad extasiada ante sus posibilidades, pero incapaz de mirar las consecuencias a largo plazo de sus intervenciones en la naturaleza de las cosas y en el cuerpo y alma de las personas. El hombre que ha sido capaz de descubrir la energía atómica, no ha sido capaz de detener el uso de la misma energía para llenar la tierra de amenazas nucleares que no pueden llevar sino a la destrucción del planeta. De igual manera, la ciencia aplicada a la reproducción humana y al uso de células madre para la salud, no tienen empacho en destruir embriones sobrantes, sin advertir que millones de vidas humanas están latentes en sus monstruosos depósitos de vida real y de muerte segura.
Por otro lado, mientras los mismos líderes políticos se comprometen con los derechos humanos de las personas visibles, dejan de lado el clamor de los embriones o de los cuerpos minúsculos que habitan en los vientres maternos: Clonaciones, experimentos con embriones y abortos se suman en una carrera que tiene por excusa la ciencia y que tiene, a su vez, como consecuencia lógica el homicidio colectivo más amplio de que tenga memoria la humanidad.
En nombre de la ciencia y de la técnica, el hombre se autodestruye y lo que es peor, destruye la posibilidad misma de proyectar un horizonte donde el espíritu otorgue sentido a esta pobre humanidad que sigue mirando extasiada el mencionado progreso. ¿Progreso o regreso a la barbarie? Porque se puede volver a la barbarie contra el espíritu desde el pináculo mismo de la ciencia.
El superhombre humillado
Una de las consecuencias verdaderamente trágicas es que este superhombre señalado por la Ilustración y descrito sarcásticamente por Nietzche, se presenta ahora con una especie de terror personal, que le hace vivir bajo una amenaza constante de depresión y de miedo. Depresión por la falta de sentido, miedo por la violencia creciente de una sociedad sin conciencia moral, producto del libertinaje predicado y practicado por los representantes del relativismo que estamos describiendo.
El mundo enfrenta la tremenda paradoja de vivir con la teoría de una democracia a tope, de la libertad individual como bandera, de un mundo abierto a una globalidad sin límites; pero, al mismo tiempo, se enfrenta a una proliferación de la violencia en las ciudades y en los campos, entre los grupos étnicos que se rebelan contra sus antiguos colonizadores. La situación de Europa resulta, en términos de política y cultura, es verdaderamente impactante. Una Europa que desprecia sus raíces cristianas, haciendo desaparecer por desuso su filosofía y su cultura, su historia y su mística del pasado, que al mismo tiempo asiste perpleja a la invasión pacífica de los pueblos de África, de Asia y de América, que vienen a recoger el relevo que sus envejecidos ciudadanos les van entregando con resignación y pavor. Cada vez los hombres se sienten más solos, desamparados hasta del concepto mismo de familia, tomando seguros frente a una sociedad agresiva creciente: Seguros para la casa, para la escuela, para el trabajo, para el barrio, para los viajes. El hombre asiste aterrado a la creciente violencia que va desde los asaltos frecuentes en la calle, hasta los secuestros o los crímenes directos por un poco de dinero o por el simple deseo incontenido de una sexualidad sin límites. Robos, violaciones, contagio de enfermedades letales y la muerte aterrorizan a un tipo de hombre que ha puesto su meta en la libertad, el dinero y el placer instantáneo. ¡Pobre superhombre! Este es el cultor del relativismo que estamos rastreando.
La depresión es la enfermedad más común de nuestro tiempo. De acuerdo a sondeos respetables, el mundo de los profesores es uno de los más afectados por esta enfermedad del alma ¿Qué consecuencias tendrá esta situación en los alumnos que los escuchan y los contemplan, como modelos de vida y de esperanza? No deja de ser sintomático que a la disminución de confesores, que daban la absolución de los pecados, hayan sucedido legiones de psicólogos y psiquiatras que solamente pueden explicar las raíces del mal del alma que afecta a los pacientes. Esto pareciera ser, además una consecuencia visible del mal profundo que la sociedad está sufriendo al pretender hacer la vida sin horizonte trascendente. El que no mira hacia arriba está condenado a mirarse a sí mismo. Y el que solo se mira a sí mismo no tiene posibilidad de salir de su propia limitación y de sus propios enredos.
El superhombre ha terminado por ser solo un pobre hombre. El Superman soñado o pretendido por la ciencia no es otra cosa que un chapulín colorado, ridículo por añadidura.
“Hacerse cargo” como tarea
Frente al relativismo descrito hasta aquí con indudable crudeza, tenemos que preguntarnos, al menos quienes aún mantenemos una mecha humeante de fe en medio del campo de batalla, ¿qué podemos hacer? ¿Qué nos es dado esperar? ¿Con quien o quienes – hombres e instituciones - podemos contar? ¿Quién o quienes se harán cargo de reponer la esperanza perdida, la fe agostada, el amor prostituido?
La respuesta teórica no es difícil: Seguir al que nos aseguró ser el camino, la verdad y la vida, al que nos dijo, No tengan miedo y Yo estaré con ustedes hasta el fin del tiempo. Pero también al que ante un pueblo hambriento de pan y de doctrina, encargó a sus pobres discípulos, que les dieran de comer, que se hicieran cargo de los problemas agobiadores de la muchedumbre.
Vuelvo a recordar al profesor Alvira con una reflexión que me pareció sencillamente genial, en respuesta al mentado relativismo y a sus consecuencias desmoralizantes para el hombre contemporáneo. Decía el filósofo y maestro Alvira que la solución al desafío intelectual y moral de nuestro tiempo está planteado en la actitud de “hacerse cargo” de sí mismo y de la humanidad a la que pertenecemos por gracia y destino.
“Hacerse cargo” de algo es mucho más que recibir y aceptar teóricamente el encargo o soportar la carga de tener que enfrentar la existencia con esperanza de trascender. Ante un mundo que ha predicado el individualismo y la indeferencia ante el otro o que nos ha invitado a una actitud de vaga solidaridad con las masas más o menos lejanas en declaraciones de derechos humanos o de obligaciones ambientales, el hombre que se sitúa desde la perspectiva de Dios, desde la creación y desde la visión de eternidad, llega a la conclusión de que él personalmente es responsable de mantener, proyectar y trabajar en la tarea del destino trascendente de la humanidad.
Cuando Jesús se encuentra con la muchedumbre hambrienta que lo sigue fascinada, les “encarga” a los apóstoles que les den de comer, pero advirtiéndoles que hay que poner todo lo que uno tenga para que el milagro se produzca. El hombre acepta el encargo de colaborar con todo lo que tiene, mientras el Hijo de Dios se encargará de suplir más de lo que se necesita. Cuando el hombre actúa bajo la fuerza de la fe y del espíritu, el mundo se convierte en cielo y el pecado se convierte en gracia. Lo limitado se abre a lo ilimitado y lo incomprensible se hace plenamente comprensible. El pensamiento débil se hace fuerte y la voluntad perdida, se recupera.
He aquí el misterio que responde a la insensatez del hombre desesperado de la vida y del mundo, incapaz de dar una respuesta sólida a los reclamos legítimos de una humanidad herida por el pecado de origen, por la inclinación a la autodestrucción.
Hacerse cargo significa reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre el más acá y el más allá, sobre la precariedad de la ciencia y de la filosofía, instalándose en la mente y en los brazos de Dios.
Una humanidad que ha cortado las amarras con lo divino solo puede esperar la desesperanza. Esa misma humanidad, si se abre a la revelación, tiene por delante un horizonte que la satisfará intelectualmente y que la perfeccionará moralmente. Ante el pensamiento débil no hay otra alternativa que un fundamento intelectual fuerte, sólido, permanente. Frente a una voluntad llevada por cualquier tipo de vientos contradictorios, no cabe otra salida que el de una voluntad dirigida por la sabiduría que viene de arriba y que se manifiesta en los únicos preceptos que hacen libre al hombre: los preceptos del amor infinito.
Itinerario para andar por un mundo relativista
Para salir del laberinto construido por el relativismo solamente hay un camino. Volver a las certezas, encontrarse con la seguridad, experimentar con una inteligencia en forma y una voluntad proclive a la virtud, es decir al hábito permanente del bien, de la verdad y la belleza.
Volver a la certeza es traducible por re establecer el modo de pensar de la filosofía perenne, aquella que pone la fuerza basal en el Ser, del que deriva toda esencia y existencia. Sólida y segura conciencia de pertenencia al Creador en condición de criatura. Segura y sólida conciencia de la orientación final de nuestra existencia, en unión con el mundo creado, cuyo destino está sellado desde la mente y voluntad del creador de la persona, del alma, de la naturaleza y de la historia. Estas certezas son pocas pero radicales, de las que derivan todas las contingencias que afectan al hombre y a su entorno natural, visible y ponderable. Toda la ciencia del hombre, a la luz de esta realidad originante, no puede ser otra cosa que el atisbo de la infinita sabiduría que el Creador depositó en ella desde el principio de la creación. El hombre no crea, solamente es capaz de ir descubriendo lentamente lo creado. La ciencia, lejos de ser un proceso de relativismo, es el mejor camino que conduce a lo absoluto. El camino a la verdad puede hacerse con vueltas y revueltas, por atajos o simplemente en línea recta. De todos modos, la verdad se encuentra solo ahí donde está el autor de la Verdad, de la vida y , como el mismo nos anticipó, también del camino.
La responsabilidad de la Iglesia
Cuando Benedicto XVI plantea el tema que nos ocupa, no hace otra cosa que responder a la misión central del evangelio, que es el anuncio de la verdad y de la vida, del Padre y del Espíritu, de la asamblea de los creyentes, del cuerpo místico que se realiza en el tiempo, pero que se proyecta a la eternidad. Es la responsabilidad de la Iglesia llevar a los hombres al encuentro de la Verdad que salva. El único camino es la vuelta al Señor, volver a llenar las amplias naves de la Iglesia que hoy se encuentran vacías, desiertas, silenciosas y tristes.
Simbólicamente, recordará el Papa en su encuentro con los jóvenes, es la vuelta a la fiesta, al domingo, a la celebración de la Eucaristía, al reencuentro con una humanidad orante en todos los templos, en todas las casas, en todos los caminos. Es en esa fuente donde se sacia la sed de fortaleza, de confianza y de entusiasmo.
No deja de ser paradójico, en la vieja Europa, que gente de todas partes esté volviendo a la fe de sus mayores en el Camino de Santiago, un modo nuevo que no es otra cosa que la vuelta al pasado de una fe honda que fue sembrando de monasterios y calvarios, Iglesias y santos de piedra las siempre inmortales rutas llenas de historias de encuentro con el Dios vivo que se muestra a través de sus santos, de sus templos, de sus cruces y sus conventos. Un encuentro que concluye siempre en la verdadera peregrinación del hombre hasta el centro de su propia alma. Mientras los gobiernos de corte laicista mantienen como museos u hospederías las viejas iglesias y conventos, el pueblo se arrastra humilde por las piedras del camino silencioso en búsqueda de una fe y esperanza que quedaron momificadas en sus grandiosos monumentos del pasado.
Por eso mismo la Iglesia, frente al dogma del relativismo no puede asumir otra postura que una denuncia frontal y, al mismo tiempo fundada. La Iglesia no puede aceptar ni por asomo una connivencia con ese espíritu destructor de la esperanza, hervidero de todo tipo de depresiones y origen cierto de un mar de conflictos entre los hombres.
Así como Juan Pablo II predicó a tiempo y destiempo el espíritu de reconquista de los fundamentos del pensar y del sentir cristianos, principalmente en torno al tema palpitante de la vida, Benedicto XVI, recogiendo la misma orientación que el Espíritu inspira y ampara, ha puesto sobre la conciencia de la humanidad el tema de la verdad. De la verdad que nos hace libres. De la verdad que nos salva. De la verdad que nos hace sentirnos plenamente personas, ciudadanos no solo de este mundo, sino del cielo.
La responsabilidad de la Escuela
Tenemos el derecho a pedir a nuestros maestros, a los hombres y mujeres que cumplen el encargo de nuestras familias, que cumplan hoy con especial fervor la tarea de perfeccionamiento de los cuerpos y las almas de nuestros hijos, que superen la depresión y el miedo de ser maestros, guías de juventud, pedagogos del alma. Ante los desafíos señalados. Son ellos los que podrán derribar los muros de tantas dictaduras o ataduras que vienen de la depresión y del miedo. Deberán, eso sí, comenzar con un acto de reflexión sincera sobre su propia tarea. ¿En qué medida sus pensamientos fuertes y sólidos se enfrentan al debilitado pensar y actuar del medio ambiente que respiran? Escruten las causas de la depresión y del miedo, por si encuentran que es al interior de sus mentes, donde se funda esa enfermedad o esa amenaza de pavor.
Si los maestros asumen de nuevo la autoridad que da el conocimiento y el amor por la ciencia, al mismo tiempo que el conocimiento y el amor por las personas de sus alumnos, estaremos salvados. Será necesario que los padres y apoderados, las autoridades públicas y los medios de comunicación los acompañen y restituyan la fe en sus personas y en su tarea, que por mucho tiempo les ha sido negada.
La Escuela es por esencia líder, conductora y formadora de conciencias, vivero de virtudes que harán posible la formación de ciudadanos responsables, abiertos a la esperanza de la verdadera paz de los espíritus. La Escuela, formadora de personas, se debe constituir como garante de una sociedad humana que busca la plenitud en la convivencia con el mundo. Deberá ser, finalmente, creadora del ambiente propicio para la felicidad, destino final de toda educación y progreso.
(* ) El autor nació en Toledo, España. Desde hace largo tiempo reside en Chile. Magíster en Teología por la Universidad de Comillas y Magíster en Ciencias Bíblicas por el PIB de Roma. Académico, investigador y realiza actividades extensión. Docente y Director del Instituto Internacional Berit, en la Universidad Santo Tomás. Tiene publicaciones periódicas, libros y folletos. Ha hecho asesorías y cursos de ética a empresas, programas de radio y televisión y es columnista en diarios y revistas.
NOTAS
(1) “El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativistas, que tratan de justificar el pluralismo religioso no solo de facto, sino también de iure” Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus, de 16 de Junio del 2000, Nº 4.
(2) José Escandell, La Nueva Era de Acuario, Abril, 89. Es un artículo que describe la obra de Marilyn Ferguson, La Conspiración de Acuario en forma muy detallada y en la que muestra las múltiples derivadas del llamado movimiento New Age.
El articulo de Escandell está a su vez basado en el Documento de Trabajo preparado por el Consejo Pontificio para la Cultura, que dirige el Cardenal Poupard,titulado “Jesucristo portador del agua de la vida, ed. San Pablo, sin fecha, documento que orienta a los católicos acerca del contenido y formas en que la New Age se presente como movimiento de carácter universal, con pretensión de sustitución del “paradigma” cristiano por un nuevo paradigma que se identifica con la era de Acuario.
(3) Id. , pag.2
(4) Id. Pg.21
(5) Para ampliar estos conceptos, recomiendo releer las Cartas encíclicas de Juan Pablo II; Evangelium Vitae, Familiaris Consortio y Mulieris Dignitatem.
(6) El Mercurio, ed. 18 de agosto 2005 publica el resultado de una encuesta periodística recientemente hecha en Gran Bretaña, en la que se colocan una serie de líderes de la historia, siendo encabezada por Churchill, Gandhi y Mandela. Jesús logra el cuarto puesto.
(7) Benedicto XVI advirtió a los jóvenes reunidos en Colonia que el mundo está poniendo de moda los símbolos religiosos cristianos con un espíritu claramente de consumo, en lugar de hacer de ellos una muestra de la fe compartida.
(8) En la jerga pseudofilosófica de la New Age se hace hincapié en el descubrimiento del hemisferio izquierdo, el del sentimiento, por parte de la humanidad. De este modo se ha dejado la rigidez intelectual y racional del pasado, dando paso al sentimiento apasionado, gozador y equilibrante del individuo. Este nuevo hemisferio del cerebro es el causante del nuevo modo de ver las cosas y que conduce, sin duda, al relativismo de personas y cosas. Cf. New Age, de Bosca,
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