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CUANDO EL FUEGO SE COMBATE CON FUEGO
José Luis Segovia Bernabé. (*)
Articulista de la Revista Nomade
Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas
Universidad Complutense de Madrid
Antes que nada, y sin negar la gravedad del fenómeno, hay que contextualizar. En primer lugar, desde la injustamente vilipendiada y poco dotada Ley Penal del Menor, se incluye en la cifra de la llamada delincuencia juvenil a los menores de 18 años. Antes, el límite era los 16 años de edad. Es decir, se han incrementado los “menores” en un tramo de edad, 16-18, de especial prevalencia criminógena.
En segundo lugar, no se puede pretender que la delincuencia de menores siga una trayectoria diferenciada de la de los adultos. Hoy nuestros niños están rodeados de tecnología punta y ropa de marca pero están sin padre y sin madre, más solos y huérfanos que nunca. Los adultos solo aparecen en su vida tarde y mal.
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Así, crecidos en una sociedad que presenta el consumo o la autorrealización individualista en despiadada competencia con el prójimo, madurados sin seguridades y ayunos de toda suerte de límites, se ven abocados a comportamientos violentos que a todos nos aterrorizan.
Se pretende que la escuela y sus sufridos maestros suplan lo que la familia no pudo o no supo hacer, en unos casos por precariedad personal o social y en otros por simple comodidad, que en esto no influye la clase social. Y así, adolescentes sin un duro en el bolsillo con todo el día por tormento, criados con el consentimiento de todo, sin capacidad para resistir la más mínima frustración o diferir gratificación alguna, -aquí, todo ahora ya- parece su lema, son invitados a la gran fiesta del consumo y con los únicos referentes que presenta la televisión y el cine. Los adultos nos infantilizamos, renunciando a ser responsables de la educación de nuestros cachorros y, al tiempo, adultizamos a los niños pretendiendo que respondan ante las leyes penales cual si de adultos se tratase.
La respuesta de una necesaria regeneración moral no ha de venir por la vía de la ética individualista (competitividad, crecimiento, autosuficiencia), sino por la recreación de los valores solidarios y los proyectos comunitarios compartidos, en definitiva, por reilusionar la sociedad.
Ello exige un nuevo modo de hacer política, de derechas y de izquierdas, una nueva manera de afrontar los problemas, recreando la cohesión social en una sociedad pluricultural, recuperando un sano concepto de la autoridad y, desde luego, apostando por serias políticas sociales de inclusión social que agoten la fuente de la que se nutre no poca de la delincuencia de nuestros menores.
En definitiva, ética… y presupuestos. Mientras los niños no voten las políticas de infancia seguirán siendo cuestión del menor. Si no, habremos de resignarnos al “queredlos cual los hacéis o hacerlos cual los queréis”. Mientras sigamos empeñados en aplicar viejas recetas violentas a nuevos problemas seguiremos desoyendo el viejo consejo de Gandhi: “Cuando el fuego se pretende combatir con el fuego todo puede acabar en cenizas”.
(*) Sacerdote y penalista, profesor en el Instituto de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca, en Madrid
Fuente:
Periódico El Mundo, España.
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